La ilusión que no fue…
Estábamos todos anonadados, un paisa, de esos tranquilos, trabajadores, certeros y firmes en sus convicciones iba a ganarle al jefe de la no dicha elite populista colombiana. Había llegado de un 2% de popularidad, con un desconocimiento popular total, al 40-50% de intención de voto en las elecciones de 2002.
Dicho y hecho, ganó en la primera vuelta y el país respiró, su promesa de acabar con la poderosa guerrilla de las FARC calaba demasiado bien en las mentes esperanzadas de los colombianos, y para ponerlo en términos crudos, en el electorado.
Poco a poco las FARC y la violencia (equiparable en tiempos modernos a la época de la ‘violencia’ que vivieron nuestros abuelos) fueron perdiendo terreno, de repliegue pasó a permanencia, y de permanencia a inevitabilidad. La economía fue mejorando, gracias a una sensación de estabilidad macroeconómica y la estrategia de seguridad democrática dada por el gobierno. El desempleo bajo a cerca de un dígito, y la economía creció en porcentajes cercanos a la época donde los colombianos (y solo nosotros) llamábamos a Bogotá la Atenas Suramericana, mejor dicho, a pesar de sus imperfecciones, la perfección parecía perfecta.
Pero llegó la realidad.
Una gordita iba a aguar la fiesta. Yidis Medina, una política corrupta, desvergonzada y mentirosa, le dijo a la corte que le habían comprado su voto, y la corte le creyó a pesar de sus inconsistencias y ansias de poder. Con todo y los ataques personales de la Corte Suprema a la presidencia, el Presidente fue más allá en irresponsabilidad, ahora disque convoca un referendo para legitimar una elección que no ha sido deslegitimada. Todo para desviar la atención de un fallo que aunque parcial, no deja de esconder lo que puede hacer un gobierno para lograr lo que quiere. Bien dice el proverbio popular, la mejor defensa es el ataque.
Aquello que algunos en el pasado irresponsablemente llamaron embrujo autoritario, esta vigente a todas luces ahora, presente como una gran cortina de humo que esconde los niveles de hipocresía de la política colombiana. Como si comprar congresistas fuera nuevo, como si absolutamente todos los presidentes anteriores a cambio de lealtad no habrían ofrecido cargos públicos a congresistas, incluido el más distinguido ex presidente de la política colombiana: Ernesto Samper. Que como un D’Artagnan vigilante todavía desenvaina su filosa y cicuta espada en la política colombiana.
Oh, pueblo colombiano, de la hipocresía y ataques personales vivirás y morirás.
Solo espero que estos actos de gran e inimaginable irresponsabilidad política y desprestigio institucional no cambie el talante de los buenos dirigentes que tiene Colombia, porque los hay.






October 5th, 2008 at 7:41 pm
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November 18th, 2008 at 1:33 pm
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